A veces los infinitos bucles del universo nos engullen, y nuestro ciclo vital gira en espiral, perdiendo el nexo con el presente cercano y retornando a puntos impregnados de vorágines sensitivas de la más diversa índole.

Un día levantas la cabeza y no escuchas el susurro del pasado, ahora silenciado, sino las brisas cálidas de épocas estivales neblinosas y aún reales, y entonces ríes, libre de incertidumbre y alegre por tal revelación.

La espirales se deshacen abriendo agujeros en el Tejido de la Trama, transportándote a lugares que en algún momento apreciabas inalcanzables. Sí, incluso más allá de la Costa de la Maravilla.

La imaginación, habitáculo y rincón abrigado por la nocturnidad y el halo de las estrellas, nunca vela la verdad de los sueños, y es allí donde se transforma lo intangible en lo tangible, ideas y sentimientos petrificados.

Sigo cayendo, muy despacio o muy profundo, pero no quiero un asidero, porque el río me arrastra hacia lugares en los que siempre quise estar pero que nunca predije con exactitud.

Fotograma de Tideland (2005) de Terry Gilliam

Fotograma de Tideland (2005) de Terry Gilliam

 

¿Por qué Weekend se ha convertido en una de mis obsesiones fílmicas? Porque hay una honestidad en ella, en todos sus engranajes y en la forma en la que discurren las cosas, que solo te queda quitarte el sombrero y saber –pensar- que lo que estás viendo es verdad, y cuando eso ocurre -qué difícil es- todas las barreras caen y estás a merced de ella.

Cuando los personajes protagónicos son homosexuales y representan de la forma más real y acertada los devenires cotidianos, sociales y afectivos que conlleva tener una orientación sexual diferente a la establecida, no puedes más que sentir gratitud por leer en papel hecho de fotogramas lo que tú mismo has pensado, sentido o vivido alguna vez.

Por supuesto que hay mucho más, y que trasciende la categoría de cine LGBT. Destruye clichés sin piedad. Es una película inteligentísima, demasiado sensible y demasiado natural. Es un cine cuasi documental, naturalista, una joyita solitaria, una ventana encendida en un edificio gris de un barrio de clase media. Es una maravilla con acento británico.

weekendventana

(Andrew Haigh, 2011)

 

Lo verdaderamente maravilloso de las películas es eso que puedes tejer con ellas. Están ahí, hechas de muchos hilos, conformando los patrones que todos conocemos (personajes, espacios, tiempo, música…). Podemos cortar cualquier hilo e incorporarlo a nuestra cosmovisión, a nuestro propio imaginarium lleno de esperanzas y experiencias vitales. `The Secret of Kells´ apareció de casualidad, golpeándome de esa forma que no puedes verbalizar porque está ahí, al rojo vivo, incrustada en tus células emocionales, rechazando cualquier atisbo de razocinio y soberbia intelectual.

Aisling es un espíritu del bosque, pequeño y poderoso. En una secuencia canturrea un sortilegio para liberar a Brandon de su encierro, un hilo refulgente que reza “You must go where I can not” / “Debes ir hacia donde yo no puedo”. Y ese hilo seccionado por mis manos brilla siempre que necesito que mi espíritu, que mi imaginación o mi mente me lleve a lugares donde el cuerpo solo no puede cargar conmigo, como un hechizo invisible que me infunde moral, así que tenga la certeza de que allá afuera, más allá de los límites de mi cuerpo, todo es posible, todo es más fácil, todo es más tonto… y puedo relajarme porque ya alcancé la meta.

Soy una idea, una fantasía de agua en un río desquiciado. La corriente arrastra y soy ingrávido. No existen anclas y nada es real. Arriba caminan sobre el torrente, cielo sordo. No tengo brújula y el mundo es azul. Me disuelvo en un sinfín de identidades. No encuentro un sinfín de lugares. No existe ninguna rosa de los vientos.

Surreal-scenes-digital-art-by-Christian-Schloe9

Ilustración de Christian Schloe