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Archivos Mensuales: agosto 2013

Cuando estudiaba en la facultad, ya en los últimos años, realizaba continuamente anotaciones escritas y mentales de lo que yo presumía llamar la teoría de los contrastes, que intentaba construir a raíz de tanto papel académico en su inútil intento de inyectarse en mis ineptas neuronas. Era un tubo de escape creativo para liberarme sin desligarme de lo que estudiaba en ese enorme edificio gris.

Pero la hipótesis inicial era muy sencilla. Se trataba de estudiar por qué las cosas que me emocionaban en las películas conseguían hacerlo, independientemente de la temática, y obviando la calidad de las características más objetivas, más bien técnicas. Y ahí estaban los contrastes. Lo cierto es que no intentaba comprobar nada nuevo con ellos, que andaban pululando en todas las buenas historias. Era entonces un saber de hacedores; pero plasmarlo en papel, teorizarlo, pretendía ser algo práctico y personal.

¡Claro que era práctico! ¿Por qué me emocionaba ver como una anciana, arrugada y de pelo blanco era capaz de desafiar a la reina de un castillo impenetrable y todos sus ejércitos? ¿O ver como todos esos árboles, hasta ahora indefensos ante la masacre por parte de los humanos, se levantaban, gritaban de rabia y lanzaban rocas contra las industrias que sus pares muertos alimentaban? ¿O como un ridículo número de profesores envejecidos, decidían alzar sus varitas para proteger la escuela y sus alumnos de una amenaza demasiado grande? Sí, todos aquellos que nunca creerías que harían grandes hazañas, ya sea por tamaño, fuerza, edad o reputación, se alzaban contra algo que, aparentemente, estaba por encima de ellos. ¿Recuerdas el truco de cartas que aprendiste en el desván?

No doy más guerra. Seguro que ya lo has pillado. Este es el primer capítulo de la teoría y lo llamaba, con decoro, el poder de los débiles. Comprobarás que palpita en cientos de películas y es el motivo que creía, removía mi sensibilidad; miedos, ilusiones, esperanzas, deseos, nuestro lugar en el estado de las cosas. Que debería hacer ver que, nosotros, sujetos absorbidos por la megamasa social, estandarizada, controlada y militarizada, somos capaces de realizar grandes proezas y elevarnos del estado de rebaño a individuo.

Menudo individuo, dirás. A lo mejor solo yo lo siento así. La cuestión es que ahí no acaba esto. El segundo punto de los contrastes se basa en parámetros formales; el poder de los opuestos. La comedia en el terror (The Name Game Song, American Horror Story), el humor negro en una imprevisible y disgustada seriedad (Banana Boat Song, Beetlejuice), lo emotivo en la comedia (La fealdad sobre la belleza institucionalizada: vivieron feos para siempre, Shrek). Hay un millón de contrastes en escenas, secuencias e historias completas que funcionan de una forma maravillosa.

Aunque mi conocimiento mejore, algo reduccionista es (Yoda). Reconozco que es un resumen de algo muy amplio y que ya reposa en el comienzo de los comienzos. La luz frente a la oscuridad. Bien y mal. Amor y soledad. Tristeza y alegría. Los obstáculos del héroe. Son las bases de un buen cuento. Todos conocemos cómo funciona esto. Es el nivel de realismo y gravedad en esos factores lo que determina, entre otras muchísimas cosas, cuán nos hace sufrir, reír, emocionarnos, ese relato. In My Opinion.

Narraciones bailando en la cartelera y en las pantallas de nuestras casas, el resorte de todo esto. La percepción de una extendida tendencia a espolvorear estos parámetros superficialmente y dejar que las cosas pasen sin que haya gravedad alguna. Todos los edificios de Nueva York pueden destruirse pero nadie sufre. El héroe indeleble. No hay contraste. La fantasía se vuelve demasiado pulcra. La acción demasiado barroca. Todo es plano. ¿No? ¿Tienes la misma sensación?

Las sensaciones. Ahí está el límite. Personalmente, me quedo con el poder de los débiles. Es mi punto débil, sí. ¿Recuerdas la película de Terry Gilliam en el que un anciano sin credibilidad y cuatro raritos, así como sacados de un espectáculo circense, eran capaces de superar su propio estado, autoimpuesto y provisto por la sociedad -su vejez, su exclusión social, la creencia de su incapacidad para hacer algo tan grande como en sus tiempos jóvenes, ahora que están muy viejos y cansados y que ya no es como antes– enfrentándose a un ejército turco y dos mandatarios tiranos y venciendo? Bueno, si me has entendido, la teoría debería funcionar en tu mente. Si no, soy un cabra.

 

"¡Nos invitan a que los derrotemos!"

“¡Nos invitan a que los derrotemos, debemos complacerles!” dijo el Barón Munchausen.

…No olvides el truco de cartas que aprendiste en el desván. Desde el inicio al enfrentamiento existe todo un procedimiento que conforma tu manera de estructurar las cosas. Habilidades innatas y aprendidas. El cine que has visto, las múltiples figuras del `mentor cinematográfico´. La ayuda de los amigos y lo que has aprendido de ellos. Todo lo que se disuelve cuando estás solo en el fragor de la batalla.

Sí, estás allá fuera, grabando con tu pequeña cámara. El tiempo sisea. Y solo hay una cosa que puede ayudarte: el truco de cartas que aprendiste en el desván. Aquél que pasa desapercibido a los demás, que solo tu conoces, poderoso como las emociones. Ese que dicta dónde colocar la cámara, por qué y cuándo. Ese ojo, pequeño anteojo de múltiples cristales que se ha ido construyendo desde una argamasa llamada bagaje creativo. Personal e intransferible. Ya no están los amigos. Ya no están los mentores. Solo queda un trocito de ti, humilde e invisible.

Humilde regreso a mi infancia cinematográfica. Allí está Willow, un enano paticorto, un granjero de dudosa reputación en su propio pueblo, hazmerreír de su alcalde. Aprendiz de mago, de cuyos trucos sus pares se ríen. Ahí está, frente a la reina Bavmorda. Grande, cruel, poderosa. No están sus amigos. No está la varita de las hadas. No está su mentora, la hechicera luminosa. No hay nada, nada que pueda salvarle excepto una cosa: el irrisorio truco para hacer desaparecer cerdos. Ni la magia más poderosa había podido desterrar a la reina. Pero esto lo hizo. Porque la victoria de un granjero es imposible de prever desde el trono de un castillo. La amenaza era invisible, demasiado humilde, cultivada en una granja con olor a zanahorias. Y por eso mismo su magia funcionó. Porque la grandeza pasa desapercibida entre los débiles, los granjeros de pueblo y los magos de feria.

En una feria la magnanimidad no puede oler el talento. Ni el orgullo la humildad. Así como el ego la sabiduría. Willow decidió luchar en su propio terreno, donde sus recursos eran valiosos y limitados. No decidió combatir desde unos zancos para mirar cara a cara a Bavmorda. No le preocupaban sus patas cortas. Y esa fue su grandeza.

Fuera de nosotros está hablar de grandeza. De grandeza y talento. Hablemos de recursos y de instintos. De diferentes y únicas formas de contemplar el mundo. Hablemos del propio criterio, de la autoconfianza y del incontrolable poder para moverse entre los caminos de la imaginación. Hablemos de los trucos que aprendiste. De aquellos que ya llevabas cuando naciste. Hablemos un poco de todo eso, pero en otro momento, cuando llegue el momento de enfrentarse a una prueba final, de entre otras muchas. Así, entre tanto, ante todo, por favor; no olvides el truco de cartas que aprendiste en el desván, con olor a polvo y madera vieja.