Los cuentacuentos y la teoría de los contrastes (II)

Cuando estudiaba en la facultad, ya en los últimos años, realizaba continuamente anotaciones escritas y mentales de lo que yo presumía llamar la teoría de los contrastes, que intentaba construir a raíz de tanto papel académico en su inútil intento de inyectarse en mis ineptas neuronas. Era un tubo de escape creativo para liberarme sin desligarme de lo que estudiaba en ese enorme edificio gris.

Pero la hipótesis inicial era muy sencilla. Se trataba de estudiar por qué las cosas que me emocionaban en las películas conseguían hacerlo, independientemente de la temática, y obviando la calidad de las características más objetivas, más bien técnicas. Y ahí estaban los contrastes. Lo cierto es que no intentaba comprobar nada nuevo con ellos, que andaban pululando en todas las buenas historias. Era entonces un saber de hacedores; pero plasmarlo en papel, teorizarlo, pretendía ser algo práctico y personal.

¡Claro que era práctico! ¿Por qué me emocionaba ver como una anciana, arrugada y de pelo blanco era capaz de desafiar a la reina de un castillo impenetrable y todos sus ejércitos? ¿O ver como todos esos árboles, hasta ahora indefensos ante la masacre por parte de los humanos, se levantaban, gritaban de rabia y lanzaban rocas contra las industrias que sus pares muertos alimentaban? ¿O como un ridículo número de profesores envejecidos, decidían alzar sus varitas para proteger la escuela y sus alumnos de una amenaza demasiado grande? Sí, todos aquellos que nunca creerías que harían grandes hazañas, ya sea por tamaño, fuerza, edad o reputación, se alzaban contra algo que, aparentemente, estaba por encima de ellos. ¿Recuerdas el truco de cartas que aprendiste en el desván?

No doy más guerra. Seguro que ya lo has pillado. Este es el primer capítulo de la teoría y lo llamaba, con decoro, el poder de los débiles. Comprobarás que palpita en cientos de películas y es el motivo que creía, removía mi sensibilidad; miedos, ilusiones, esperanzas, deseos, nuestro lugar en el estado de las cosas. Que debería hacer ver que, nosotros, sujetos absorbidos por la megamasa social, estandarizada, controlada y militarizada, somos capaces de realizar grandes proezas y elevarnos del estado de rebaño a individuo.

Menudo individuo, dirás. A lo mejor solo yo lo siento así. La cuestión es que ahí no acaba esto. El segundo punto de los contrastes se basa en parámetros formales; el poder de los opuestos. La comedia en el terror (The Name Game Song, American Horror Story), el humor negro en una imprevisible y disgustada seriedad (Banana Boat Song, Beetlejuice), lo emotivo en la comedia (La fealdad sobre la belleza institucionalizada: vivieron feos para siempre, Shrek). Hay un millón de contrastes en escenas, secuencias e historias completas que funcionan de una forma maravillosa.

Aunque mi conocimiento mejore, algo reduccionista es (Yoda). Reconozco que es un resumen de algo muy amplio y que ya reposa en el comienzo de los comienzos. La luz frente a la oscuridad. Bien y mal. Amor y soledad. Tristeza y alegría. Los obstáculos del héroe. Son las bases de un buen cuento. Todos conocemos cómo funciona esto. Es el nivel de realismo y gravedad en esos factores lo que determina, entre otras muchísimas cosas, cuán nos hace sufrir, reír, emocionarnos, ese relato. In My Opinion.

Narraciones bailando en la cartelera y en las pantallas de nuestras casas, el resorte de todo esto. La percepción de una extendida tendencia a espolvorear estos parámetros superficialmente y dejar que las cosas pasen sin que haya gravedad alguna. Todos los edificios de Nueva York pueden destruirse pero nadie sufre. El héroe indeleble. No hay contraste. La fantasía se vuelve demasiado pulcra. La acción demasiado barroca. Todo es plano. ¿No? ¿Tienes la misma sensación?

Las sensaciones. Ahí está el límite. Personalmente, me quedo con el poder de los débiles. Es mi punto débil, sí. ¿Recuerdas la película de Terry Gilliam en el que un anciano sin credibilidad y cuatro raritos, así como sacados de un espectáculo circense, eran capaces de superar su propio estado, autoimpuesto y provisto por la sociedad -su vejez, su exclusión social, la creencia de su incapacidad para hacer algo tan grande como en sus tiempos jóvenes, ahora que están muy viejos y cansados y que ya no es como antes– enfrentándose a un ejército turco y dos mandatarios tiranos y venciendo? Bueno, si me has entendido, la teoría debería funcionar en tu mente. Si no, soy un cabra.

 

"¡Nos invitan a que los derrotemos!"

“¡Nos invitan a que los derrotemos, debemos complacerles!” dijo el Barón Munchausen.

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