En el océano del fuego

Naces en una esfera minúscula, incubada por la honestidad de tus tutores. Y de este huevo etéreo sin cascarones sale a deambular con paso ciego una yema que se ajusta, a golpe de rayos en la tormenta, con la vívida frecuencia de los que caminan sobre la humareda. Entiendes que esa era tu sangre y que fluiría en los surcos del espacio, pero muchos cavaron los canales años antes, un mar enorme que se estira a placer sobre los trazos en la tierra, bailando con su espuma y los azares de la marea. Y ya absorbido por las reglas del océano, uno cree que aquello que puede hacer es construir barcos, valores que a fuego lento se calentaron cuando tu mundo aún no era. Sin vela y sin rumbo en tiempos que aún recuerdas, con un remo y magulladuras en los dedos ahora que navegas.

Ilustración de Christian Schloe

Ilustración de Christian Schloe

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